viernes, 1 de febrero de 2013

Triángulos

Hablar, con la madre, del hermano y sus problemas (y de los problemas que me produce a mí).
Hablar, con la hija, de la otra hija y sus problemas (y de los problemas que me produce a mí).
Hablar, con la amiga, del novio y sus problemas (y de los problemas que me produce a mí).
Hablar, con el hijo, del padre y sus problemas (y de los problemas que me produce a mí).
Ad infinitum.

"Es que tu hermano..."
"Es que tu padre..."
"Es que mi novio..."
Ad infinitum.

Convertirse en consejero de la madre acerca de cómo tiene que tratar con (o a) el otro hijo.
Convertirse en consejero del padre acerca de cómo tiene que tratar con (o a) la madre.
Ad infinitum.

Triángulos. Triángulos inacabables en que la energía que debería ponerse en una relación directa con el "objeto de mi preocupación" se va por la cañería de "aconsejar" o "dejarme aconsejar" por el tercero en discordia.

Si quiero arreglar algo con alguien, mejor relacionarme directamente con ese alguien que hacerlo (mejor dicho, no hacerlo) por interpósita persona.

Si tengo problemas con alguien, mejor dirigirme directamente a ese alguien que ocultar mi resistencia a afrontarlo, dedicándome a quejarme con otro diferente al aludido.

Los triángulos llevan la comunicación por el canal que no es.
Son ineficaces.
E impiden arreglar los problemas de los que nos estamos quejando.

Como decía un slogn leído en Facebook, "En lugar de hablar de mí, habla conmigo".

Mucho mejor.

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